La consulta dental y las emociones

Cuando nos referimos a las emociones que se despiertan en la Consulta Dental, siempre empezamos, y acabamos, hablando de las emociones negativas: el miedo al dentista, a las agujas o a las batas blancas. 

Sabemos que este problema sigue existiendo todavía para muchas personas como ya analizamos en una entrada anterior. Que la “ansiedad dental” condiciona el acceso a los servicios dentales de muchos, que no acuden al dentista excepto  cuando ya no hay más remedio y, casi siempre, cuando ya es tarde. Al miedo hay que plantarle cara y con una generosa dosis de confianza, más la información documentada y contrastada de un profesional, se puede corregir y superar. Esta superación genera una experiencia satisfactoria y gratificante, un verdadero empoderamiento personal.

Pero en esta ocasión que me ofrece Guillem, con motivo del 95º aniversario de la Clinica Dental Esteve en Alicante, no quiero volver sobre este manoseado tema.

Porque la emoción que de verdad mantiene la moral alta en una consulta es el agradecimiento, la gratitud del paciente hacia el profesional y viceversa. ¿Viceversa?. Sí, porque para el dentista la palabra agradecida del paciente, el estrecharle la mano o el sonreírle al entrar o salir del consultorio, es un verdadero bálsamo entre las dificultades del trabajo cotidiano. Esos pequeños gestos o palabras de gratitud son las auténticas joyas que se regalan los unos a los otros, tanto a los pacientes como a todo el personal que trabaja en la Clínica.

A veces incluso, sobreviven al paso del tiempo prolongados y saltan de una generación a la siguiente: “su padre me arregló la boca cuando era joven o niño”, o dicen: “su abuelo me puso el primer aparato”… Ahí se manifiesta una gratitud inmaterial y profunda que atraviesa dos o más generaciones de profesionales y florece un sentimiento de comprensión y empatía mutuas. Pueden haber pasado cincuenta años, pero emocionalmente se actualiza en ese instante y en total plenitud, una emoción de cercanía y profunda gratitud. 

Indagando en el diccionario RAE, la definición de gratitud es “Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”.

La gratitud sería como una brújula que orientará nuestro comportamiento. Es la condición para establecer unas relaciones humanas de calidad y calidez: gratitud hacia el paciente que deposita su confianza en el profesional, y gratitud hacia el profesional que pone su arte y conocimiento al servicio del paciente ¿Se puede pedir más? La gratitud produce la mejor fórmula: un intercambio donde todos ganan. 

Me viene aquí al pensamiento, el concepto budista de “interdependencia”, la comprensión última de que todos estamos interrelacionados y somos coautores de nuestra realidad.

Con la gratitud, todos salen beneficiados. Aléjense los cínicos y sarcásticos “el dentista come con la boca de los demás”, me decía hace años alguien que luego se reía de su propio ingenio… Sin unos dentistas que puedan ejercer la profesión con un alto estándar y puedan costear los mejores medios y a la vez vivir honestamente, lo que nos quedan son los negocios dentales, con sus consiguientes problemas que la población ya hace tiempo que viene sufriendo. La peor fórmula: yo gano, tú pierdes.

Así pues, la base de un buen servicio dental es el legítimo beneficio mutuo, en el que el paciente obtiene una mejora en su salud oral y el profesional obtiene unos honorarios que le permiten la supervivencia de su arte. 

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